Me apunté a una cena de solteros en Las Palmas: la crónica sin filtros
Llevaba ocho meses soltera cuando me apunté a una cena de solteros en Las Palmas. No fue un impulso. Fue el resultado…
Llevaba ocho meses soltera cuando me apunté a una cena de solteros en Las Palmas. No fue un impulso. Fue el resultado…

Llevaba ocho meses soltera cuando me apunté a una cena de solteros en Las Palmas. No fue un impulso. Fue el resultado de una conversación de grupo de WhatsApp que duró tres horas y terminó con mi amiga Carmen diciéndome: «¿Qué es lo peor que puede pasar?»
Mucho, Carmen. Mucho es lo peor que puede pasar.
Pero fui. Y esto es lo que pasó de verdad.
Nadie se apunta a una cena de solteros el primer día que la ve anunciada. El proceso tiene varias fases.
Primero, la encuentras. Llevas semanas viendo los stories de Eventos Feeling en Instagram — cenas con gente sonriendo, grupos en terrazas, fotos que parecen de anuncio de banco. Lo guardas sin darle al me gusta porque si le das al me gusta el algoritmo te va a perseguir el resto de la semana.
Luego viene la fase de convencerte de que no lo necesitas. Que las apps funcionan, que ya conocerás a alguien por el camino natural, que estas cosas son para gente que no tiene nada mejor que hacer un viernes. Te dices esto mientras deslizas Tinder a las once de la noche en el sofá con ropa de estar en casa.
Después viene la fase de preguntarle a alguien si se apunta contigo. Tu amiga Carmen dice que sí, claro, y luego el mismo día te escribe que tiene un cumpleaños que no puede cancelar. Tu amiga Lourdes dice que eso no es para ella. Tu amiga Paula dice que a ver, que te cuenta.
Y al final vas tú sola. Porque si esperas a que alguien te acompañe vas a esperar para siempre.
Me arreglé tres veces. La primera quedé demasiado formal — parecía que iba a una entrevista de trabajo. La segunda demasiado informal — parecía que había salido a comprar el pan y me había equivocado de sitio. La tercera quedé bien, o al menos eso me dije.
El dilema de qué ponerse para una cena de solteros es real porque no sabes qué nivel van a traer los demás. Si vas demasiado arreglada y el resto va con vaqueros, pareces desesperada. Si vas demasiado casual y el resto va de cena, pareces que no te importa. Es la versión romántica del dilema de llevar regalo a una cena cuando no sabes si los demás llevan.
A las ocho y cuarto estaba lista. El evento empezaba a las nueve. Estuve cuarenta y cinco minutos dando vueltas por el piso diciéndome que podía cancelar todavía, que nadie iba a saber que me había apuntado, que había una serie que quería ver.
Fui.
El restaurante estaba en Vegueta. Desde fuera se veía gente dentro a través del cristal — mesas ya ocupadas, gente con copas, ese ambiente de cena organizada que desde fuera siempre parece más intimidante que desde dentro.
Me quedé dos minutos en la acera mirando el móvil como si estuviera esperando un mensaje importante. No esperaba ningún mensaje importante. Estaba ganando tiempo.
Lo que no te dice nadie de estos eventos es que entrar sola es el momento más difícil. Una vez dentro, la dinámica te arrastra. Pero esos treinta segundos de empujar la puerta y presentarte a la organizadora sabiendo que todo el mundo va a mirarte — eso requiere un tipo específico de valentía que no tiene nombre pero que todas las personas que han ido a algo así reconocen inmediatamente.
Empujé la puerta.
Dieciséis personas. Ocho hombres, ocho mujeres. Entre 35 y 52 años, más o menos — luego me enteré de que la organizadora filtra por tramos de edad para que no haya diferencias de más de quince años entre los extremos. Ese detalle me pareció bien pensado.
Lo primero que noté: la gente no era rara. Ese es el miedo que nadie dice en voz alta pero todo el mundo tiene — que en una cena de solteros organizada van a estar los que no han conseguido nada por su cuenta, los raros, los que tienen algo que los demás ven enseguida. Pues no. Había una arquitecta de 41 años que acababa de volver de vivir en Berlín tres años. Un tipo que llevaba una empresa de reformas y tenía el sentido del humor más seco que he escuchado en mucho tiempo. Una profesora de secundaria que era la persona más directa de la mesa. Una chica que trabajaba en el Cabildo y que a la media hora ya le había contado a todo el mundo que llevaba seis meses yendo a terapia y que era lo mejor que había hecho en su vida.
Ese nivel de honestidad a los veinte minutos de conocerse — eso sí que no me lo esperaba.
La cena funciona así: primero una hora de cena libre, sentados en grupos de cuatro o cinco, sin estructura. Luego el speed dating — rondas de cinco minutos con cada persona del sexo que te interese. Luego otra media hora libre al final, con las copas, donde ya puedes hablar con quien quieras sin el reloj encima.
La primera hora fue la más incómoda. No porque la gente fuera difícil, sino porque todos estábamos haciendo lo mismo: intentando parecer normales sin que se notara que estábamos intentando parecerlo. Eso crea una tensión social peculiar que se rompe sola en algún momento — generalmente cuando alguien dice algo que no debería haber dicho o cuando alguien se ríe de algo que no tenía gracia y de repente sí la tiene.
En mi mesa fue el tipo de las reformas. Dijo algo sobre que había llegado tarde porque había tenido que terminar de ver un capítulo de una serie de true crime, y la arquitecta le preguntó cuál, y de repente estábamos los cuatro hablando de asesinos en serie durante veinte minutos. No es el tema más romántico del mundo, pero fue la mejor conversación de la noche.
El speed dating tiene mala fama que no merece del todo.
La mecánica es la de siempre: suena una señal, te cambias de sitio, tienes cinco minutos con la siguiente persona, suena otra señal. Al final marcas en un papel quién te ha parecido interesante, la organizadora cruza los resultados, y si hay coincidencia os da el contacto del otro. Si no hay coincidencia, nadie sabe nada. La discreción es total.
Lo que nadie te cuenta es que cinco minutos dan más de lo que parece. En cinco minutos sabes si alguien te mira a los ojos o mira por encima de tu hombro. Sabes si hace preguntas o solo habla de sí mismo. Sabes si tiene humor o si ríe con demasiadas ganas de sus propios chistes. Sabes si hay algo — no sabes qué, pero algo.
Tuve ocho turnos. Dos fueron conversaciones que no llegaron a arrancar — el tipo de intercambio educado que dura cinco minutos y que cualquiera de los dos habría parado antes si hubiera podido. Tres fueron conversaciones perfectamente agradables con personas perfectamente agradables con las que no sentí nada concreto. Dos fueron interesantes de verdad — el de las reformas y un hombre que trabajaba en el puerto y que tenía una forma de hablar pausada que contrastaba con todo el ritmo del evento. Y uno fue incómodo porque el señor decidió usar sus cinco minutos para contarme que su ex mujer le había puesto muy difícil el divorcio, con un nivel de detalle que no pedí y que no necesitaba.
Ese último escenario, por cierto, es más común de lo que debería. El evento de solteros como sesión de descarga emocional gratuita. Si vas, estate preparada.
La mayoría de la gente no va a buscar al amor de su vida. Va a salir de la rutina, a recordar que sigue siendo capaz de hablar con desconocidos, a ver qué pasa. Eso cambia completamente la presión del asunto cuando lo entiendes.
No hay nadie evaluándote. O bueno, sí, todo el mundo se está evaluando mutuamente, pero todo el mundo está en la misma situación. La única diferencia entre una cena de solteros y una noche de bar normal es que en la cena de solteros hay un contrato implícito de que todos están abiertos a conocer a alguien. En el bar, nunca sabes si la persona que tienes al lado está soltera, casada, o simplemente quiere que la dejen en paz con su gin-tonic.
Ese contrato implícito quita más presión de la que añade, una vez que te acostumbras.
También: la gente que va a estos eventos suele tener la cabeza más clara que la media sobre lo que quiere. No son personas que acaban de salir de una relación de veinte años sin haber procesado nada. Son personas que llevan un tiempo solas, que han pensado en ello, que han decidido hacer algo al respecto. Eso se nota en las conversaciones.
¿Encontré al amor de mi vida esa noche? No. ¿Volví a casa contenta de haber ido? Sí. ¿Volvería? También.
Tuve coincidencia con el de las reformas. Quedamos tres semanas después. No salió nada romántico — resultó que vivía en Arucas y que la logística era un problema real — pero seguimos en contacto y hace un mes me recomendó a alguien para arreglar la cocina. A veces las cosas funcionan de formas que no esperabas.
Hazlo. No porque vayas a encontrar a alguien — puede que sí, puede que no — sino porque es una de esas cosas que te recuerdan que el mundo es más grande que tu grupo de WhatsApp de siempre y que eres perfectamente capaz de entrar sola a una habitación llena de desconocidos y salir bien parada.
En Las Palmas, Eventos Feeling organiza cenas de solteros con regularidad — puedes encontrarlos en Instagram como @solterosdecanariasfeeling. Amor Ideal Las Palmas (amorideallaspalmas.com) tiene también speed dating presencial y citas a ciegas si prefieres algo más estructurado.
El único consejo real: no vayas con expectativas concretas. Ve con curiosidad. Son cosas distintas.
Y si quieres más contenido honesto sobre la vida amorosa en las islas — sin el filtro de las apps y sin la presión de los consejos de autoayuda — la newsletter de Canariame sale cada semana. Apúntate abajo.