Lo que los canarios hacemos en la cama que los peninsulares no entienden

El primer verano que Julia pasó en la Península con su novio asturiano, tardó tres semanas en entender por qué él la…

Ilustración de cómic español mujer canaria explica algo con naturalidad mientras un hombre peninsular la mira con expresión de absoluta perplejidad derramando el café
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El primer verano que Julia pasó en la Península con su novio asturiano, tardó tres semanas en entender por qué él la miraba raro cada vez que ella se quitaba la ropa sin apagar antes la luz.

Él no dijo nada. Ella tampoco. Pero ahí estaba: ese silencio pequeño que en una relación entre culturas distintas puede significar muchas cosas o ninguna, y que en este caso significaba que dos personas habían llegado a la cama con supuestos completamente diferentes sobre lo que pasa ahí dentro.

Julia es de Las Palmas. Lleva treinta y ocho años viviendo en una isla donde en agosto hace calor hasta a las tres de la mañana y donde nadie ha necesitado nunca apagar la luz para desvestirse porque la ropa ya va poca desde el principio.

Lo del asturiano no era gazmoñería. Era que nadie le había avisado.

El cuerpo como territorio conocido

En Canarias el cuerpo no es un problema. No porque seamos especialmente modernos ni especialmente libertinos — es simplemente que llevamos toda la vida en bañador. El cuerpo propio se ve, se toca, se mueve, se suda, se expone al sol y al viento desde que tienes seis años y vas a la playa con tu madre. No hay misterio. No hay distancia. El cuerpo es el sitio donde vives, no algo que guardas para ocasiones especiales.

Eso tiene consecuencias directas en cómo los canarios llegamos a la intimidad con otra persona. La desnudez no es un umbral que hay que cruzar con solemnidad. No es el momento en que empieza «lo serio». Es simplemente el siguiente paso natural en una cosa que ya iba bien.

Para alguien de clima frío, que ha pasado nueve meses al año cubierto de capas y donde el cuerpo es algo más privado por necesidad histórica y climática, esa naturalidad puede desconcertar. No es que incomode. Es que no la esperaban.

Lo que confunden con confianza excesiva

Hay una queja que aparece con cierta frecuencia cuando los peninsulares hablan de sus primeras experiencias con parejas canarias: «es que van muy rápido».

La interpretación habitual de esa frase es que los canarios somos impacientes o poco delicados. La interpretación correcta es otra: que nuestra forma de medir la velocidad es diferente.

En Canarias la cercanía física es parte del lenguaje normal desde antes de la cama. Se toca más, se besa más en el saludo, se está más cerca en la conversación. El contacto no es una señal de intimidad especial — es el idioma del día a día. Así que cuando llegamos a una situación donde el contacto sí es íntimo, ya llevamos varios pasos de ventaja en términos de comodidad corporal. No vamos rápido. Es que el punto de partida es otro.

El peninsular que ha interpretado cada roce previo como algo neutral de repente se encuentra en un contexto diferente sin haber visto la transición. Eso no es que los canarios vayamos rápido. Es que la señalización aquí funciona de otra manera.

La conversación que en la Península no se tiene

En Canarias se habla. No en plan terapia de pareja ni en plan manual de instrucciones, sino en el sentido de que la comunicación sobre lo que gusta y lo que no gusta tiene menos carga de vergüenza que en otros sitios.

Hay una teoría — no verificada científicamente, pero sí por experiencia acumulada de muchas conversaciones en terrazas — de que el calor tiene algo que ver. Cuando llevas todo el año en un clima que invita a estar cómodo y relajado, la rigidez no es solo física. El calor relaja también los filtros sociales. Se dice más, se pide más, se comenta más.

Eso puede resultar refrescante para quien viene de una cultura donde esas conversaciones se tienen menos o más tarde. También puede resultar desconcertante para quien esperaba que la otra persona adivinara. Los canarios no adivinamos mucho. Preguntamos. Y si tenemos que decir algo, lo decimos.

La cara que puso el asturiano de Julia la primera vez que ella le dijo directamente lo que quería que hiciera es, según ella, «la cara de alguien a quien acaban de darle un regalo que no esperaba pero que se alegra mucho de tener».

Lo que no tiene nada que ver con el sexo y lo cambia todo

Las diferencias entre canarios y peninsulares en la cama no son, en el fondo, diferencias sexuales. Son diferencias en la relación con el cuerpo propio, en los ritmos de la intimidad, en cómo se construye la confianza y en cómo se habla de lo que pasa.

Lo que cambia todo no es la técnica. Es el contexto.

Un canario que lleva cuarenta años viviendo a veinte metros del Atlántico tiene una relación con su cuerpo que es difícil de adquirir en Madrid o en Bilbao si no has crecido ahí. No es mejor ni peor — es diferente. Y esa diferencia, cuando dos personas de culturas distintas se encuentran, puede ser exactamente lo que hace la cosa interesante.

O puede ser lo que genera esos silencios pequeños que Julia y su asturiano tardaron tres semanas en resolver.

Ellos lo resolvieron, por si había duda. Le explicó lo de la luz. Él explicó lo suyo. Los dos aprendieron algo que no esperaban aprender ese verano.

Eso es lo que pasa cuando dos personas de sitios distintos deciden tomarse el tiempo de entenderse. Que al final se entienden. Y que lo que queda después de entenderse suele ser bastante mejor que lo que había antes.

Una cosa más

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