Deseo después de los 40 en Canarias: lo que cambia (y lo que por fin mejora)

Hay una mentira que circula con demasiada comodidad y que suena más o menos así: que el deseo sexual es cosa de…

Ilustración de cómic español mujer de 40 años descalza y en paz en playa de arena negra canaria mientras una versión joven de ella misma corre frenética al fondo
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Hay una mentira que circula con demasiada comodidad y que suena más o menos así: que el deseo sexual es cosa de jóvenes, que con los años se apaga, que a los cuarenta y tantos ya estás en otra fase de la vida y la otra fase de la vida implica, entre otras cosas, menos de eso.

Es mentira. Pero es una mentira tan extendida y tan cómodamente instalada en el imaginario colectivo que mucha gente llega a los cuarenta creyéndosela y luego no sabe qué hacer con la evidencia de que no es verdad.

La evidencia es sencilla: el deseo no desaparece con los años. Cambia. Y el cambio, cuando lo entiendes, resulta ser bastante mejor de lo que te habían anunciado.

Lo que se va (y no se echa de menos tanto como creías)

Lo que sí cambia a los cuarenta es la urgencia. Esa energía de los veinte que lo quería todo y lo quería ya, que confundía cantidad con intensidad y que a veces producía experiencias más ansiosas que placenteras. Eso, en efecto, se modera.

También se va la actuación. A los veinte y tantos una parte no despreciable de la energía sexual va destinada a parecer seguro, a hacer las cosas «bien», a no revelar que no sabes exactamente lo que estás haciendo. Eso consume muchísimo. Y a los cuarenta, por fin, ya no queda ni rastro de esa energía desperdiciada porque llevas años sabiendo que la otra persona tampoco lo sabe todo y que eso no es el problema que parecía.

Cuando desaparece la urgencia y desaparece la actuación, lo que queda es la parte buena. Y la parte buena resulta ser bastante más grande de lo que se veía desde fuera.

El cuerpo canario a los cuarenta

En Canarias hay algo que ayuda y que no es fácil de cuantificar: llevamos décadas en la playa.

Eso significa que el cuerpo propio, con todos sus cambios y sus años encima, lleva el mismo tiempo siendo cuerpo visible. No es una revelación nueva que aparece a los cuarenta. Es un territorio conocido que ha ido cambiando despacio, año tras año, bajo el sol del Atlántico.

No digo que todo el mundo en Canarias tenga una relación perfecta con su cuerpo a los cuarenta y dos. Digo que la exposición continua — la playa, el calor, la ropa que no cubre mucho porque no hace falta — produce una familiaridad con el propio cuerpo que en climas más cubiertos no se genera de la misma forma. Y esa familiaridad, cuando llega la edad en que el cuerpo ya no es el de los veinte, marca una diferencia.

El cuerpo que conoces desde siempre envejece de otra manera que el cuerpo que has tenido escondido toda la vida.

Lo que mejora y que nadie te avisa que va a mejorar

A los cuarenta sabes lo que quieres. Eso parece obvio dicho así, pero sus implicaciones prácticas son enormes.

Sabes lo que te gusta y lo que no te gusta. Sabes cuándo tienes ganas y cuándo no tienes ganas y ya no confundes las dos cosas. Sabes que una mala noche no es el fin del mundo ni el principio de un problema. Sabes que el silencio después no tiene por qué significar nada malo. Sabes que pedir lo que quieres no es una exigencia sino una información útil para la persona que tienes delante.

Todo eso a los veinte no lo sabías. O lo sabías en teoría y no podías aplicarlo porque la ansiedad era más rápida que el conocimiento.

A los cuarenta el conocimiento ya le gana a la ansiedad. No siempre, no en todos los contextos. Pero en la cama, sí. Y eso cambia todo lo que pasa en la cama.

La trampa de compararse con hace veinte años

El error más frecuente que comete la gente a los cuarenta con su vida sexual es intentar medirla con el rasero de los veinte. Frecuencia, intensidad, duración, variedad. Esa tabla de puntuación de la juventud que nadie te dio explícitamente pero que está ahí de todas formas.

Si a los cuarenta tienes menos ganas que a los veinte, la conclusión que saca mucha gente es que algo va mal. La conclusión correcta, en la mayoría de los casos, es que lo que tenías a los veinte era en parte ansiedad y en parte hormonas sin gestión, y que lo que tienes ahora es algo más parecido al deseo real.

El deseo real no grita. No urge. No se disfraza de urgencia para no dar tiempo a pensar. Simplemente está ahí, disponible, reconocible. Y cuando lo atiendes, produce algo cualitativamente diferente a lo que producía la urgencia de antes.

Diferente no significa peor. Significa que ya no estás haciendo lo mismo de antes. Estás haciendo otra cosa. Y esa otra cosa, con la persona adecuada, en una isla donde siempre hace calor y nunca hay prisa para volver a casa, suele ser bastante mejor.

Lo que el calor tiene que ver con todo esto

Hay una razón por la que la gente que viene de visita a Canarias en enero y febrero dice que se siente diferente. No es solo el sol. Es que el cuerpo relajado produce una versión diferente de sí mismo que el cuerpo tenso de frío y de horario y de tráfico.

En Canarias esa versión relajada del cuerpo es la versión habitual. No la versión de vacaciones. La versión de un martes cualquiera.

Y un cuerpo que vive habitualmente relajado llega a la intimidad de otra forma que un cuerpo que lleva once meses al año apretando los dientes contra el frío y el estrés y los horarios. No es romanticismo de folleto turístico. Es fisiología básica: el calor dilata, el frío contrae. En todos los sentidos.

Los canarios a los cuarenta tenemos eso a favor sin haberlo pedido. Es la ventaja competitiva de vivir en el único archipiélago de Europa donde en enero puedes cenar en terraza sin abrigo y llegar a casa sin que el camino te haya quitado todas las ganas.

Lo que de verdad cambia a los cuarenta

Cambia esto: ya no tienes que convencerte de nada.

A los veinte el deseo venía mezclado con inseguridad, con necesidad de validación, con la presión de que esto tenía que ir bien porque tu autoestima dependía de ello. Era complicado. Era ruidoso por dentro.

A los cuarenta, si has hecho el trabajo de conocerte — y en Canarias, con el tiempo que da una tarde larga en la playa pensando sin mirar el móvil, ese trabajo se hace más o menos solo — el deseo llega limpio. Sin ruido. Sin negociación interna previa.

Eso es lo que nadie te avisa que va a pasar. Que a los cuarenta, por fin, el deseo deja de ser complicado. Y que eso — la sencillez, la claridad, saber lo que quieres y con quién lo quieres — es lo mejor que puede pasarle a tu vida sexual.

Lo peor que puedes hacer con eso es no usarlo.

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